febrero 27, 2006

for a moment, my eyes open...

Tengo las medias mojadas, como si hubiera decidido quitarme los zapatos y saltar como un niño chiquito en todos los charcos de la ciudad. Mi mamá pensó que hoy había vuelto a mi primera infancia, cuando me encantaba caminar por el pasto recién cortado y dejar que la humedad me quemara hasta los huesos; parece que de nuevo tiene algo de razón. Hoy no quise ser nadie; hoy sólo quise aislarme de voces, gritos, y sonidos que llamaban mi atención a una realidad tan lejana como mi estado debió haber parecido a tantos que pasaron por mi lado y prefirieron regalarme un compás de silencios. Como un niño, hice mi voluntad. No hubo nada que me pudiera abstraer de la sensación dolorosamente agradable que el frío y el agua colándose entre las fibras le imprimía a mis pies; no hubo nada que me quitara de la cabeza cien instantes de tranquilidad e inconsciencia que he dejado pasar por correr inutilmente de la lluvia, como si no fuera el delicioso abrazo de un cielo atormentado, pesado y noble.
Un paso era todo lo que me permitía dar: un paso, luego otro más pequeño, mientras que mi ropa se oscurecía con la humedad y mis pulmones se acostumbraban a permanecer ahogados con el aire tibio y oscuro que inhalaba a bocanadas como si fuese mi único alimento. La astenia tomaba posesión mis sentidos, y por una vez, me invitó a ver el frío como un aliado, un arma que, sin que lo supieran, sin que me importara si lo notaban siquiera, usé en contra de quienes prefirieron seguir corriendo, como si desde esta dimensión pudiera reirme de su ridículo desespero, de sus pasos largos y llenos de energía que los llevaban debajo de un techo, mientras que a mí, la habitación hermética que había creado a mi alrededor, no para protegerme de la lluvia, sino de la vida momentánea, me transportaba a la cueva de mi debilidad, de mi somnolencia, y de mis tristezas, donde por fin quedaría resguardada.