julio 31, 2006

En mi oscuridad,
en esa que transcurre dentro de mí,
eterna y degeneradora
siento latentes todas mis posibilidades.
Como corpúsculos vibrantes
habitan debajo de mi piel
mis infinitos mundos imaginarios.

No es invención;
no son hadas bailarinas,
ni duendes del bosque
cuya ausencia me hace llorar
mientras me abstraigo debajo de las sábanas.
Imágenes pasadas,
anhelos futuros
y presagios atemporales,
todos coinciden en mi mirada,
perdida en un amanecer tímido, brillante y tibio,
y en mi mente que persigue su origen
de uno al otro lado del cielo.

Es el devenir que se me escapa de las manos
como agua que rueda sin dejarse retener.
Soy sólo la negación de lo permanente.
Soy la piedra lisa que no logra agarrar la intensidad,
que no puede sentir ni la emoción ni la felicidad
más que cuando ya la añora.

Es una risa que recuerdo
y redescubro en el olor de un cuarto
que del tiempo ha sido alejado.
Es la voz que quiero volver a oír desnuda,
sin el castigo de que mis oidos antes de captarla
ya la predigan.
Pristina,
sin el peso de años y experiencias
que me hacen olvidar que es indispensable,
y por tanto perecerá.

Vuelven las noches de hormigueo en mis manos.
Vuelven las lágrimas que no me dejarán ya,
ahora que sé del azar que rige nuestras vidas.
Inclemente arrasa con cada instante;
cada alma y cada sensación
sucumbe a sus veloces manos.
Inclemente suscita ensueños inalcanzables,
reinventa mi sed cada vez más insaciable,
y la estimula con mis propios recuerdos,
que vividos efímeramente
siempre se esconden dentro de mí.