noviembre 28, 2006

II

No hay instrucciones para amar. No hay letras grabadas en la mente para ser un buen ser humano y llorar cuando las tripas ya se retuercen de la tristeza, o de la felicidad. Nadie espera que todo se explique racionalmente; parece que a cada letra de mi palabra me tropiezo conmigo misma, soy halada hacia otros lugares que no puedo eludir ni aunque quisiera, lugares de otros cuerpos y otras almas, lugares de otros olores y otras temperaturas. Lugares donde se conocen los detalles y la idea general permanece difusa, como cuando observo algo demasiado de cerca y lo que lo hace ser lo que es pierde fuerza e importancia para mí.

Ahora capto un detalle y lo retengo, y lo abrazo y lo aprieto tanto contra mí que parece como si se fuera a deshacer, o a fugarse de entre mis dedos por la misma presión que le imprimo. Excito mi pequeño tesoro, y lo hago despertar mis emociones, una por una, lentamente, esperando a que cada una de ellas invada, por turnos, cada rincón de este cuerpo. Y sé, estoy segurada de que regresaré por más de ellos, que volveré para recoger cada una de esas partículas de esos otros cuerpos y esas otras almas hasta atarme a todo lo que construyen para siempre.