Esta mañana, después de levantarme de mi cama, entonces, hice algo que ahora me hace feliz, y que por muchos meses hasta hoy no había podido hacer. Bajé por las escaleras de mi casa, tal vez engañándome inútilmente con que lo que buscaba era algo para desayunar, pero apenas vi el piano, bajo la luz matutina que entra por la sala y se refleja sobre su brillante madera color castaño, no tuve otra opción que acercarme a él. Siempre, y me refiero al siempre que comienza con la adultez, he amado este piano. A pesar de que por épocas sobreviene en mí un rechazo indeseado por hacerlo sonar, que implica a su vez un rechazo por mi propio arte humano y sensibilidad reprimida, siempre he sentido una gran y hermosa tristeza por su existencia ahí donde está ubicado. No es sino terminar los escalones de la escalera en forma de caracol que comunica los dos pisos de mi casa, para volver la cabeza a la derecha y notar su presencia: continua, expectante, en calma. El piano no necesita ser tocado para expresar que él mismo es bello, así como tampoco parece necesitar ser observado o cuidado para demostrar que posee de esas bellezas antiguas y solitarias que ni siquiera se saben bellas. Ocupando el tercio de la mitad de la pared de color oscuro de la sala, recostando su espalda contra ella, se encuentra mi piano. Está cubierto por portarretratos con fotos de mi familia, que aunque quisiera que dejaran mi piano desnudo, sirven para decorarlo y dan la impresión de mantenerlo atado a lo que sucede en la vida real, porque nada más real que la vida familiar. Ahora mismo tiene varios paquetes de papeles sobre él, elevándose levemente cada vez que entra un vientecillo por las ventanitas abiertas que lo observan desde el costado derecho de la gran pared oscura de la casa. Cada uno de estos papeles significa un intento, así haya sido infructuoso, de darle vida a mi piano, de alejarlo del silencio triste en el que su belleza pretende sumirlo; bella tristeza del abandono, del amor callado e intenso que impulsó su compra hace más de veinte años cuando mi abuelita, viva aún, pensó que más que nada la haría feliz que alguno de sus hijos o nietos tocara sus obras favoritas. Así que de aquí, y solamente de aquí, proviene mi ahogada fascinación por el piano, mi amor autoindulgente por su belleza sombría, y al mismo tiempo, tan viva como el amor que tengo por mi abuelita.
Estos últimos meses habían sido lo que he llamado como rechazo indeseado. Se trata de un sentimiento áspero que empieza a crecer en mí cuando siento que la frecuencia con la que me siento ante él decrece rápidamente, y voy conociendo la verdad de que mis dedos han olvidado su movimiento, y lo que es más doloroso, mi mente olvida su existencia en la forma de sonidos y bellos pensamientos suscitados en mí, y se convierte solamente en la madera, las teclas de marfil y las cuerdas ya desafinadas que aún así me hacen admirarlo más y desear que alguien mejor que yo lo haga despertar de su letargo y le imprima la vida que la belleza que guarda dentro le tiene atrapada. Recuerdo la última vez que vino el hombre que lo afina, él lo hizo sonar como hace años no lo había oído yo. Todas sus teclas saltaban a cada segundo, mil sonidos rebotaban como aullidos del bosque contra las paredes de la sala, todo vibraba al calor de la bella composición que salía de sus entrañas. Yo no deseo que mi piano se quede enclaustrado en el par de sonidos que soy capaz de articular con mis torpes dedos; deseo que suene por años en su máximo esplendor, que reproduzca y deje salir permanentemente toda su grandeza. No quiero que me recuerde a mí.
Pero soy también un ser humano para mí mismo. Soy egoísta como cualquier otro, y me interesa, porque es necesidad para mí, saber que también puedo producir con estas manos algún acorde, y acariciar así sea por un par de tiempos, su dulce sonido con mi mente. Es cuando me conozco atada a mi piano que comprendo este egoísmo, y no me importa más la tristeza y la nostalgia que debe sentir el piano por el silencio o el estruendo fatal que ahora le hace falta. Sigo con mis ojos la progresión de notas en el pentagrama que me propongo tocar, sonrío de emoción y de desahuciamiento, y muy lentamente, con el cuidado con que pondré a un niño cuando desee que herede mi piano, coloco mis manos sobre la blancura no tan diáfana del teclado, y me dejo ir por intersticios siempre desconocidos. No hay diferencia si aquello que toco lo he repetido muchas veces, o si solamente lo he oído de las manos de otro. Todo lo que surja de mi estadía en este puerto maravilloso me pertenece sólo a mí. Mis sonidos, los acertados y los desafinados, los reales como los de la escala de do mayor y los oníricos como los de las progresiones del Claro de Luna de Beethoven que hoy intenté recordar, son únicamente míos porque no puedo ahora ni podría nunca describir lo que causan en mí. Es una muerte hermosa, sólo contrastable con la vida que corre por mi cuerpo, cuyas heridas están ahora limpias, apenas me levanto de la silla, cierro la cubierta de madera del teclado, y me propongo sumergirme de nuevo en lo habitual de mis días.
Esta fue mi mañana. Una terapia de vida, de sentimientos, de emoción y de belleza. No ya la belleza triste de observar mi piano bañado por la luz matutina, de observar su soledad resignada y aún así preparada para cualquier afecto, sino la que revolotea en mi alma cuando es estimulada por lo que yo misma puedo hacer, pero más aún, por mi deseo casi pasional de vivir. Esta belleza, en todo caso, no me pertenece, la belleza no es de nadie... está ahí para ser admirada y recordada, pero quien la desee aprisionar sabrá cuando más fuerte apriete sus brazos alrededor de ella que no ha atajado más que aire tibio y quietud.

|