Calcula un paso, calcula la emoción correspondiente.
Ahora corre sin pensar en nada. Su cabeza está tan congestionada que todo es blanco. Por semanas y semanas se escondió en una cueva subterránea, y almacenó uno por uno todos sus recuerdos, desde el más débil hasta el más entrañable y dulce, en compartimentos individuales, completamente herméticos y transparentes, sólo para poder vigilarlos permanentemente. La labor fue ardua, y todo el tiempo exigía concentración y calma para decidir que tipo de recipiente sería el más adecuado para cada pensamiento. Los tenía de diferentes tamaños, colores y texturas; la precisión era realmente un factor decisivo.
Pensaba que cada vez que un recuerdo quedaba sellado en su cajita y se clasificaba en una de las estanterías del salón, ya sería por siempre clausurado y su presencia se daría de nuevo sólo voluntariamente, con autorización de su dueño. Pero a medida que guardaba con delicadeza cada pieza del juego, cada herramienta de la vida corriente, algo nuevo surgía. Cada vez que debía volver a la impresión original de los archivos, recuperaba aquellas impresiones circundantes en las que antes no había reparado y que ahora eran tan significativas como de las que se habían desencadenado. El mapa conceptual en el que quedaba constancia de la ubicación de cada elemento a almacenar crecía para todos lados; un objeto daba vida a otros más, y la labor se complicaba en igual medida. Era como detener la formación de cristales bajo un microscopio, cuando la gota del líquido catalizador ha caído ya irremediablemente sobre el ácido saturado; o como cuando el pequeño espermatozoide nadador ha alcanzado el objetivo y la replicación de células ya no puede ser detenida de ninguna manera. Aún así, el hombre se empeñaba en moverse de un lado a otro, en taponar uno por uno cada uno de los orificios de donde tomaba los recuerdos e ideas que deseaba almacenar, frenando y guardando bajo presión las ideas y recuerdos que luchan por seguir su borboteo habitual.
Tomarse con fuerza la cabeza entre los dedos nunca dará resultado. Tampoco funcionará meterla en agua fría para insensibilizar la piel tanto como las terminaciones nerviosas, y hacer que el humor para dejar que alguna polilla revolotée ahí dentro desaparezca. El hombre corre, inhala un millón de veces el mismo aire que sus pulmones han desechado dentro de la estrecha y oscura cueva, mientras intentaba reducirse a su pobre y escuálido cuerpo. Su espíritu lo intoxica, la futilidad de sus instintos lo descontrola, y sus deseos y ambiciones más poderosas se elevan lentamente hasta el techo de la cueva; la levedad de éstas es mayor que la voluntad del hombre de hacerlos pesados como piedras y de percibir su propia fuerza al levantarlos.
Las cajitas se han movido de sus estantes y han caído al piso escarpado de la cueva. Fragmentos de vidrio de colores vibran aún con el movimiento ya muerto del hombre. Una sola nube silenciosa, densa como la cabeza de cualquier ser humano ha quedado impregnada con gases exhaustos del hombre, y está estancada para siempre dentro de esta cueva sellada. Corrió sin pensar en nada, ahora todo es blanco.
marzo 22, 2006
cajitas de colores
dizzy images snatched by
Juliana
at
7:20 p. m.
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