junio 08, 2006

en do sostenido menor

Ahora debo dedicarme a tocar piano.. hasta que se me cansen los dedos, hasta que cojan fuerza y agilidad y puedan tocar algo decente. En cada tecla que toque, en cada leve sonido que produzca estará toda mi furia, mis pasiones escondidas, y mi rabia intolerante que denuncia la intolerancia y el rencor. Me incitan a descargarme con piezas que me producen escalofríos antes de que mi cerebro los reconozca; vibraciones invisibles me atacan por la espalda y todo mi cuerpo se empieza a mover con la intensidad de tantas sensaciones olvidadas en el silencio.

Me comprometí a tocar como si fuera la última cosa en esta vida porque hay cosas que no se pueden suavizar si no es con música; me comprometí porque será lo único que me devuelva la tranquilidad cuando la pila de palabras desintegradas antes de ser pronunciadas, y de sentimientos remplazados por falsas nociones de paz explote dentro de mí y quede al desnudo ante los ojos de mis espectadores.

Tengo un amigo que ahora mismo debe estar llorando su inimaginable soledad, el abandono y la profunda lejanía de su familia. Tengo un amigo que quisiera tocar algo a cuatro manos conmigo un día de estos para entender que la música es tanto mía como de él, y que estar solo no es más que un estado del alma. Yo deberé practicar todos los días, durante años, tal vez, y él deberá encontrar una guarida para la tristeza de su humor. Antes de eso la melodía ya estará rebotando de célula en célula y no nos habremos dado cuenta siquiera de que hace miles de años ya la habíamos oído.