A veces, mientras camino por la calle, abandono la concepción de tiempo por un momento y me dejo escurrir como un líquido a través de un agujero pequeño (por el que sin embargo fluye rápidamente), que nada tiene que ver conmigo misma y que ni siquiera invento yo. Toda la consistencia de mis huesos y de mis músculos se disuelve y no soy más que una figurita lánguida que vaga por ahí, sin estar. No sucede que se me nuble la vista y de un momento a otro me encuentre a mí misma en un lugar o en un momento desconocido, sino que me distraigo con las imágenes que percibo y es su intensa nitidez la que me impacta y me lleva directamente a su manto más interior, que irónicamente no encuentro en un lento y y cuidadoso escrutinio de las expresiones y los colores, sino dentro de mí misma. Por alguna razón sospecho que puedo recrear su esencia misma, sus historias y sus sueños, y que así éstas no tengan ninguna relación con el mundo, son tan reales como la impresión que lograron causar en mí. ¿Por qué no va a ser real la historia que inventé acerca de los niños que se subieron a mi bus por la puerta de atrás, y que en este momento me miran interrogativamente desde donde quiera que estén? ¿Es tan improbable que vivan solos, que se levanten todos los días para estudiar como si en sus manos estuviera su futuro, o la vida de su mamá? No, no es improbable. Así nunca, ni en el trayecto entre el momento en que subieron hasta que me bajé, me haya atrevido a preguntarles su nombre y lo que más les gusta hacer en la vida para poder corroborar o matar mis cuentos. No quise hacerlo tampoco.
Las voces que oigo por las calles, en los buses, es probable que nunca más las vuelva a oir, y más aún que nunca intercambie nada de mí con sus dueños. Pero al mismo tiempo lo hago todo el tiempo. Inventar historias es como conocer a las personas; así no sea capaz de dirigirle nunca la palabra, aún cuando algún tipo de afinidad tácita está latente, como pasa con tantos desconocidos. No es necesario más que sonreir y mirar fijamente para encontrar siempre, y en cada persona, una profunda complicidad que me da miedo, porque es tan innecesara como deseada fervientemente.

|