Cuando era pequeña mi mamá muchas veces me compró Biblias que seguramente conseguía en la calle o en alguna librería del centro. Muchas de ellas, que aún debo tener por ahí, tenían ilustraciones correspondientes a cada una de las historias que contaban. Me acuerdo todavía de varias: En una salía Jonás cayendo al mar durante una tormenta y siendo tragado por una ballena que ocupaba más de la mitad de la página; en otra estaban pintados los israelitas, poco después de recibir los Diez Mandamientos a través de Moisés, adorando a un becerro de oro; y me acuerdo bien que en otra Biblia, ésta ilustrada por muchos niños de diferentes países del mundo, había un dibujo acerca de la parábola del grano de mostaza, que tristemente ya no recuerdo bien. Me pasa aún que al pensar en alguna historia de la Biblia se forma inmediatamente en mi cabeza la imagen que estudié hace por lo menos diez años en alguno de estos libros, inseparable de un vago recuerdo de lo que pensaba y sentía en ese momento, como si no hubiera otra forma para mí de representarla.
Me regalaban esos libros porque, en efecto, yo disfrutaba leyéndolos y grabándome las imágenes que ahí aparecían. No sé si siempre lograba captar el mensaje que traían, pero supongo que si estaban hechas para niños, alguna referencia al sentido de la historia debía estar explícita. Yo me pregunto qué piensa un niño cuando reza por la noche, cómo es su fe... ¿Será más pura y sólida? Seguramente sí, pero yo no sé todavía si mi interés por las Biblias ilustradas tenía que ver con la fe a la que tal vez mi mamá me intrducía, o si lo que me interesaba era la belleza de las historias y la diversión que me causaba leerlas, igual que muchos otros libros diferentes.
Hoy estuve pensando por qué ya nunca abro una Biblia, ni para consultarla cuando estoy haciendo un crucigrama. Me hizo falta esa avidez sin prejuicios que tenía en esa época por leer cualquier libro que encontraba, entre otras cosas que tuve y ya jamás recuperaré. Es posible que, si quiero volver a alguna de esas cosas que dejé, tenga que redescubrirlas ahora, en el momento en el que estoy, y probablemente no grabándome las ilustraciones de los pasajes sino la impresión que seguramente cada uno de ellos despertará a partir de las cosas que he vivido y lo que he pensado en estos años desde que cualquier cosa inexplorada no me parece siempre interesante y necesariamente bonita. Claro que podría volver a leer una Biblia, ahora seguramente una "para adultos," pero presiento que el paso entre apreciar las historia y captar la belleza de los mensajes, y volver a la fe y al sentimiento de seguridad y bienestar que en algún momento me pudo haber representado el creer en Dios, se me haría demasiado grande, y hacerlo, una acción demasiado abrupta como para creérmela yo misma. Quiero decir que lo que siento cuando ayudo a alguien que lo necesita, por ejemplo, es la misma felicidad que sentiría si la hubiera hecho pensando en Dios, pero no es la misma... Se siente más individual, más seca...
Akutagawa estuvo hacia el final de su vida muy interesado en el Cristianismo, pero era un hombre demasiado orgulloso, y no habría estado dispuesto a ceder su idea de la suprema nobleza del hombre, de su autoridad inquebrantable sobre sí mismo y del poder religioso del arte, como para convertirse. Lo que me llama la atención es que Akutagawa veía a Jesús como un ser humano, más que como una figura divina. Entendió la vida de este hombre, entregada a hacer el bien y a enseñarlo, como el resultado de la acción de un demon, al que identificaba con el Padre, que lo exhortaba a buscar la nobleza humana debajo de una bestialidad innata. Akutagawa trató de "humanizar" la religión, para de esa forma acercarla al arte. Trató de ver las Sagradas Escrituras como una forma de literatura, (y a Jesús como análogo a Goethe, Tolstoy e Ibsen, en la medida en que todos ellos estaban poseídos por el deseo de encontrar a través de lo que creaban y pensaban el sentido humano de la vida) para alcanzar algo así como un consuelo religioso que buscaba. La religión era una forma de arte, y era esta última y no la primera, la que exaltaría al hombre de la bestialidad que, para él, representaba el eje de su naturaleza. Akutagawa se suicidó, posiblemente sin encontrar consuelo en su "religión del arte," pero lo que me parece valioso es que observó la belleza de las Escrituras como si fueran una obra de arte, estéticamente significativa a pesar de no haber aprehendido nunca la religión como tal.
Yo no sé todavía si pueda volver a tener una fe que de alguna manera guíe mi vida, si es que en algún momento la tuve. No sé si pueda creer de nuevo, y tampoco sé qué tendría que hacer si resolviera que lo necesito y que estoy decidida a vivir de ella. Soy absolutamente ignorante al respecto. Por ahora lo que sé que puedo hacer es dejarme cautivar de nuevo por las historias y los mensajes de la Biblia, como me pasaba cuando pequeña con los dibujos que tanto me llamaban la atención. Tal vez de esta forma pueda captar, a través de su belleza y de la satisfacción que hacer algo de lo que ellas enseñan pueda causarme, uno que otro haz de luz de esa fe que desconozco, sin importar si estoy o no convencida de que de verdad creo en Dios.
Hoy estuve pensando por qué ya nunca abro una Biblia, ni para consultarla cuando estoy haciendo un crucigrama. Me hizo falta esa avidez sin prejuicios que tenía en esa época por leer cualquier libro que encontraba, entre otras cosas que tuve y ya jamás recuperaré. Es posible que, si quiero volver a alguna de esas cosas que dejé, tenga que redescubrirlas ahora, en el momento en el que estoy, y probablemente no grabándome las ilustraciones de los pasajes sino la impresión que seguramente cada uno de ellos despertará a partir de las cosas que he vivido y lo que he pensado en estos años desde que cualquier cosa inexplorada no me parece siempre interesante y necesariamente bonita. Claro que podría volver a leer una Biblia, ahora seguramente una "para adultos," pero presiento que el paso entre apreciar las historia y captar la belleza de los mensajes, y volver a la fe y al sentimiento de seguridad y bienestar que en algún momento me pudo haber representado el creer en Dios, se me haría demasiado grande, y hacerlo, una acción demasiado abrupta como para creérmela yo misma. Quiero decir que lo que siento cuando ayudo a alguien que lo necesita, por ejemplo, es la misma felicidad que sentiría si la hubiera hecho pensando en Dios, pero no es la misma... Se siente más individual, más seca...
Akutagawa estuvo hacia el final de su vida muy interesado en el Cristianismo, pero era un hombre demasiado orgulloso, y no habría estado dispuesto a ceder su idea de la suprema nobleza del hombre, de su autoridad inquebrantable sobre sí mismo y del poder religioso del arte, como para convertirse. Lo que me llama la atención es que Akutagawa veía a Jesús como un ser humano, más que como una figura divina. Entendió la vida de este hombre, entregada a hacer el bien y a enseñarlo, como el resultado de la acción de un demon, al que identificaba con el Padre, que lo exhortaba a buscar la nobleza humana debajo de una bestialidad innata. Akutagawa trató de "humanizar" la religión, para de esa forma acercarla al arte. Trató de ver las Sagradas Escrituras como una forma de literatura, (y a Jesús como análogo a Goethe, Tolstoy e Ibsen, en la medida en que todos ellos estaban poseídos por el deseo de encontrar a través de lo que creaban y pensaban el sentido humano de la vida) para alcanzar algo así como un consuelo religioso que buscaba. La religión era una forma de arte, y era esta última y no la primera, la que exaltaría al hombre de la bestialidad que, para él, representaba el eje de su naturaleza. Akutagawa se suicidó, posiblemente sin encontrar consuelo en su "religión del arte," pero lo que me parece valioso es que observó la belleza de las Escrituras como si fueran una obra de arte, estéticamente significativa a pesar de no haber aprehendido nunca la religión como tal.
Yo no sé todavía si pueda volver a tener una fe que de alguna manera guíe mi vida, si es que en algún momento la tuve. No sé si pueda creer de nuevo, y tampoco sé qué tendría que hacer si resolviera que lo necesito y que estoy decidida a vivir de ella. Soy absolutamente ignorante al respecto. Por ahora lo que sé que puedo hacer es dejarme cautivar de nuevo por las historias y los mensajes de la Biblia, como me pasaba cuando pequeña con los dibujos que tanto me llamaban la atención. Tal vez de esta forma pueda captar, a través de su belleza y de la satisfacción que hacer algo de lo que ellas enseñan pueda causarme, uno que otro haz de luz de esa fe que desconozco, sin importar si estoy o no convencida de que de verdad creo en Dios.


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