septiembre 20, 2006

En el jardín de los pulpos florecen todos los árboles; de sus ramas brotan todo el tiempo flores color ciruela. Al unísono se abren lentamente ante las primeras luces de la mañana todas las flores en el jardín de los pulpos. Al unísono porque cada sutil movimiento genera un sonido, y millones de sonidos sordos ocupan cada centímetro de aire circundante en el jardín. El lucero del alba ya despunta en el horizonte; todas las flores giran su capullo, que se desnuda sin pudor ante el aire frío, para observarlo directamente y tratar de entender el afán que lleva al recorrer el cielo recién nacido en su luminosidad. El jardín de los pulpos es la calma, el sin-propósito justificado, porque en él yacen todos mis muertos.
En cada pétalo y en cada flor permanece el sentido de cada célula que se disolvió en su propia debilidad humana; cada árbol almacena en su savia los perfumes que se elevaron y ahora conforman otros sistemas. Es así como el aroma que nunca hasta hoy juzgué indispensable, encaja ahora perfectamente en el lugar que siempre estuvo destinado a ocupar. El jardín ahora está completo. En esa savia que transporta la minúscula vida de cada árbol, y que lo ata cada segundo más firmemente al suelo, se encuentra protegido el más intenso recuerdo de mi infancia caminando a su lado.