Se despierta y lo primero que recuerda es que no es nadie más que quien fuera en una vida pasada, de la cual permanecen sólo un par de destellos de realidad. Despierta y no despierta más. Se trata de un andar a tientas en contra del tiempo, en contra de los laberintos de sus intersticios cerebrales, donde minuto a minuto van quedando atrapadas aguas y más aguas del mismo sudor de haber corrido días enteros sobre una cinta y no haberse desplazado ni un centímetro. Ni un centímetro más lejos de lo que su propia piel se lo permite.
Con el tiempo ha olvidado ese intuitivo conocimiento, que una vez lo hizo sentirse tan seguro, de las operaciones de su mente, de las predicciones que era capaz de lograr, y de las explicaciones tranquilizantes que desgastaban su mente, pero que en últimas le quitaban la culpa de las sutiles transformaciones que sus manos imponían a todo lo que tocaban; hasta abrazándose mutuamente se regalaban calor y dolor.
Para su tranquilidad, dejó atrás todo lo sensible y se dedicó a descrifrar cadenas de palabras sin sentido, y a devorar la duda y el impulso para sus pies. Para su tranquilidad atrapó la peste de sus recuerdos: no era más que una sutil armonía a la que él mismo había adiestrado para darle ganas de lágrimas, y una cajita donde había guardado los papeles de tés que ya había bebido, donde solía refugiarse de ciertos fantasmas aún desconocidos, cuando era libre todavía para olerlos un rato sin disimulo y concebir realidades disueltas en la resplandeciente luz del sol que dañaba sus ojos. Impuso a estas memorias el mismo régimen que antes había impuesto a sus manos: todo lo que ellas suscitaran y crearan estaría prohibido desde antes de ser formulado, bajo amenaza de feos colores y desatinos propios de los nervios y el temblor.
¡Qué mal haberte tragado la llave del candado que cerró tu boca!

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