julio 21, 2007

Estoy segura de que si mi papá en este momento pudiera dejar de pensar que queda aún en mí un amplísimo campo de acción para sus palabras, y al menos aceptara una parte de mi forma de ser, mi amor por él cambiaría de forma radical. Paradójicamente, y alcanzo a percibir la sensación como si la posibilidad de tal evento estuviera latente dentro de mí, lo amaría y admiraría tanto más que cualquiera de sus palabras sería acogida por mi conciencia como si fuera una de esas verdades personales que justifican la acción.

Es divertido pensar en las posibilidades que abre el amor abre para esta clase de confundidos y privilegiados animales que somos los seres humanos, que vivimos anhelándolo todo permanentemente sin darnos cuenta de que este anhelo jamás cesará, a menos de que logremos convencernos de que es el anhelo mismo el que lo vale todo, como lo hacemos con tantas otras verdades producto de nuestra imaginación con ánimos de sobreviviente.


El amor nos ata tan fuertemente a las personas, a los animales, al invisible equilibrio de la naturaleza, que al mismo tiempo nos ofrece la tentadora oportunidad de dejarlo ir, de rendirnos ante el anhelo que nos produce de atajarlo todo entre las manos y conservarlo para siempre. El amor parece ser la brújula que designa el norte de nuestra vida con toda la fuerza de su brazo, mas cargando consigo también el conocimiento de que no es suficiente su presencia para esta especie. Debe saber en lo más profundo de su naturaleza que la tragedia que le permite existir es que ha de ser desobedecido la mayor parte de las veces, que su esencia implica necesariamente el ser dejado aparte ante consideraciones de menor importancia, que su misma intensidad es causa de que el ser humano simplemente desista en su búsqueda, se rinda, o ratifique su superioridad -fruto solamente de su innata soberbia- por encima de lo que lo constituye, del hecho de que el amor lo constituye. Es la ambición lo que destruye al hombre, mientras lo convence de que ha salido con vida de la vida.


Para algunos, sin embargo, la felicidad es un lugar adonde ir. Definitivamente lo es. Es el norte de las acciones que tomamos en nuestra más profunda calidad de seres humanos, porque ¿qué otra cosa podría serlo? No hay más que imaginarlo, y desearlo con tanta fuerza que empezamos ya a languidecer, para que todos nuestros humildes propósitos y futiles consideraciones se desintegren y den paso a lo que es verdaderamente importante. Andrés me ha dicho que no hay más sino que tomar una decisión para que la calma rodee las dudas y se las trague para siempre; no hay más que alinear esas cualidades internas, que a pesar de ser variables constituyen como tales el criterio más inmediato para nuestra capacidad de acción -ebria con el olor de ese mejor fin-, para visualizar ese lugar y saber que no hay adonde más ir sin contradecir alguna fibra de nuestra más prístina voluntad. Es el camino más ameno, más lleno de fresas, como diría Margoth, y sin embargo el que más desconfianza produce, el que más trabajo cuesta tomar, a pesar de que es mucho, muchísimo más que un razonamiento lo que lo adjudica como el único completamente satisfactorio para la imaginación que no se cansa de recrear y desear lo distante.