Esta semana ha estado de luto. El martes llegué al colegio, y lo primero de lo que me enteré fue del terrible accidente que había ocurrido en el suroriente colombiano durante el fin de semana, en esas tierras olvidadas del país, que aún así son las que más fuerte lloran de desespero y soledad. No sólo me impactó el accidente en sí mismo, con la muerte de los tripulantes, una madre y su hijito enfermo y la destrucción de la escuela rural contra la que el avión se estrelló, sino la pena tan grande que se sentirá en todas las comunidades apartadas y marginadas por el estado adónde el capitán Rafael Arenas y toda la Patrulla Aérea llegaron para mantener con vida los cuerpos de niños, adultos y ancianos, cuyas almas están ya muy lejanas de nuestra feliz cotidianidad.
Tengo en la memoria la cara de satisfacción con la que Rafael, mi amigo Camilo y un médico de la brigada nos contaban en el colegio sobre su misión, mientras nos mostraban fotos de niños que podían sonreir después de haberles corregido el labio leporino en una operación abordo de una avioneta, de mujeres que eran la sensación en sus humildes pueblos por tener un verdadero médico que atendiera su parto; en fin, cantidad de personas que fueron felices porque alguien "de los de acá" se acordara de ellos por un momento y les devolviera la fe en algo, aunque ésta se apagase de nuevo con el ruido del motor del avión que despegaba y se elevaba sobre sus cabezas.
Me duele en el alma la trágica muerte de estas personas, el trágico pero heroico fin de un hombre que literalmente entregó su vida para dar un poco de bienestar a quienes la mayoría de las veces omitimos; me duele ver las caras de Camilo y Alejandro por haber perdido a su papá, en contraste con la voz de quienes concluyen de todo esto que "definitivamente es una locura arriesgar la vida tan innecesariamente" como alguien cercano a mí me comentó en estos días. Sinceramente, si hay algo que me pone de luto en esta semana es que con esto se puedan apagar los esfuerzos de quienes de corazón entregan su vida, su profesión, o simplemente su tiempo para sanar las heridas de Colombia. No puedo concebir el que una vida se reduzca a estudiar o desempeñarse en una actividad, dentro de un país, independientemente de lo que sucede alrededor, con los ojos vendados a todo lo que no pertenezca a lo material y a lo que tan fácilmente nos proporciona una tranquilidad y un contentamiento mediocre y egoista. No quisiera pensar en un país hecho de máquinas que no ven, que no oyen y que no sienten más que sus propias necesidades, y que caminan todas en líneas paralelas para alcanzar metas diferentes y probablemente en pugna. Presiento que con el dolor tan profundo que sienten mis amigos y su familia hay un sentimiento de infinita gratitud yadmiración por Rafael y quienes lo acompañan; no obstante Camilo se ha propuesto ser el mejor de los médicos, y los colegas de la Patrulla Aérea prometen no desfallecer en sus esfuerzos de permanecer al servicio de las comunidades más lejanas.
Estoy triste por mis compañeros. Me cuesta trabajo aceptar esa tragedia.
marzo 24, 2006
~19 de marzo de 2006~
dizzy images snatched by
Juliana
at
4:47 p. m.
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